El arte conceptual y el concepto

Por Joaquín Moreira


A propósito de Instantáneas de un viaje en tren de Isidoro Valcárcel Medina exhibida n el CCE, con curaduría de Juan José Santos.

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Podría decirse que hay dos formas de entender el término “arte conceptual”.

Una primera forma sería la más aceptada en el ambiente artístico y académico y podría resumirse de la siguiente manera: arte conceptual es el arte en el que es más importante el concepto detrás de la obra, ese proceso conceptual que llevó al artista a hacer lo que hizo, que la obra en sí, incluso podría decirse que en estos casos la verdadera obra sería ese proceso y no el objeto que se nos presenta a contemplación, objeto que muchas veces no tiene valor estético alguno (desde el ya trillado y aburridor caso de Fuente[1] y sus múltiples imitaciones hasta la Cortina de hierro[2] de Christo y Jeanne Claude), otras veces es un objeto preexistente al concepto (como las Bases mágicas y La base del mundo[3] de Piero Manzoni) y otras tantas ni siquiera es algo empírico (como el caso de Interferencias en el sistema[4] de Agustina Rodríguez y Eugenia González o Grapefruit[5] de Yoko Ono).  La principal crítica que se le hace a este tipo de arte es que, si bien son fruto de un desarrollo conceptual rico y complejo, muchas veces los objetos presentados como obra no son más que un índice torpe incapaz de transmitir el concepto que la obra pretende expresar sin la ayuda de textos a veces largos y sin mucho vínculo sensible con el objeto.

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Pero podría pensarse en una segunda forma de entender el término “arte conceptual” que, aun manteniendo la riqueza conceptual de la obra de Christo y Jeanne Claude o Manzoni, esta riqueza le sea propia al objeto. Entender el arte conceptual de esta forma implicaría que el verdadero estímulo que la obra nos ofrece no vendría de su materialidad (el trazo del pincel, el cuerpo del performer, la imagen del video) sino de las relaciones conceptuales que su materialidad nos impone.

Y justamente eso es lo que logra Isidoro Valcárcel Medina (Murcia, 1937) en su obra Instantáneas de un viaje en Tren, que consta de varios piezas (pues la obra es una sola), en cada uno de los cuales hay tres dibujos (en uno hay cuatro y el primero y el último hay uno solo).

El planteo de Valcárcel Medina es simple, durante un largo viaje en tren fue dibujando lo que fue viendo, un boceto a lápiz, en algunos casos con anotaciones dentro y fuera de los márgenes, e incluso anotaciones sobre el tiempo que separa este boceto del anterior y el tiempo total de viaje que lleva. Ese dibujo está en el tercio superior de cada pieza. Un segundo dibujo es presentado al centro, un dibujo que pretende ser el pasado en limpio del boceto inicial. Finalmente, un tercera pieza que presenta una forma más o menos abstracta derivada no de la iconicidad sino más bien de las propias ideas del artista pero que, sin embargo, no podría pensarse por separado de los otros tres. A veces, estas piezas son simples líneas, formas o texturas, o son cambios del punto de vista, 0  un simple juego de colores.

La obra nos presenta una axialidad vertical que trata sobre la tensión entre lo abstracto y lo concreto dentro de cada pieza. Del boceto en que apenas se distingue qué es cada cosa (a veces solo por las anotaciones en una desprolija manuscrita) se pasa a la concretitud (parcial, como no puede ser de otra manera) de un dibujo más o menos realista, más o menos icónico para luego pasar a la abstracción (parcial, como no puede ser de otra manera) de una tercer pieza con técnicas variables. De esta forma, Valcárcel Medina introduce el problema de la representación y la relación entre la figuratividad y la abstracción (un problema central en la teoría, la crítica y la práctica del arte durante los últimos cien años) sin la necesidad de un largo texto explicativo[6].

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Esa tensión entre los dibujos es acentuada por el encuadre que se hace a las tres imágenes, mientras las dos imágenes (más o menos) realistas están encuadradas en un margen de esquinas redondeadas propias de la ventana del tren, la tercera  imagen ocupa todo el espacio del plano rompiendo así la relación entre el dibujo y la percepción que presentaban las otras dos.

Pero también hay una segunda axialidad horizontal derivada del paso del tiempo. Las piezas están presentadas secuencialmente, desde la estación de salida antes de subir, hasta la estación de llegada tras bajarse (ambos momentos presentados cada por un  dibujo figurativo) y el tiempo es presentado de forma doble, por las anotaciones fuera del margen del primer dibujo y por la distribución espacial de los marcos, separadas por intervalos espaciales análogos a los intervalos temporales que separaron las imágenes del viaje. Este intento de racionalizar el paso del tiempo mediante la precisión de la proporcionalidad espacio-tiempo no ocluye que esa experiencia del tiempo es, aunque seriable, singular y subjetiva, fruto de la diferencia fenoménica entre un momento y otro.

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Mediante una doble axialidad, Valcárcel Medina llama la atención sobre otro concepto central en la teoría del arte, el carácter subjetivo, puramente perceptual de la imagen. Además del paso del tiempo como experiencia perceptual, el propio encuadre se centra en ello. El marco de la ventana está constantemente recordándonos que ahí hay un punto de vista e incluso a veces se evidencia el vidrio a medio abrir o se agregan nuevos encuadres derivados de un muro que tapa parte del fondo, de una columna que divide la vista en dos o la entrada a un túnel bajo la montaña.

Así, sin necesidad de explicaciones, sin apelar a un paratexto, Instantáneas de un viaje en tren logra lo que el arte conceptual no siempre logra, una obra que estimula al observador no por su materialidad sino por el concepto de que ella se desprende.

 

Joaquín Moreira Alonso


 

[1] En Fuente, de 1917, Duchamps presenta bajo seudónimo un objeto encontrado (un mingitorio girado 90 grados) como obra de arte. La obra sigue siendo considerada la referencia cuando se discute el carácter artístico de una obra.

[2] En 1962, poco tiempo después de la construcción del muro de Berlín, Christo y Jeanne-Claude bloquean la Rue Visconti en París con barriles supuestamente de petróleo.

[3] Las bases mágicas de Manzoni consisten en dos pedestales firmados por el artista pero que no tienen nada arriba, de esa manera cualquier objeto que sea colocado arriba (incluso una persona) adquiriría durante ese tiempo carácter artístico. En La base del mundo Manzoni cambia levemente el tema y presenta un pedestal invertido convirtiendo de esa manera al planeta entero en su obra. Las tres obras son de 1961.

[4] Rodríguez y González presentaron al 55 Salón Nacional (2012) una obra que consistía en aprovechar las bases del concurso (que incluían la elección de jurado por los artistas) para elegir a una de ellas como jurado viciando el concurso, de esta manera un trámite se convierte en obra de arte.

[5] En Grapefruit, cuya primera versión es de 1964, Ono presenta un libro que más que una obra es una serie de instrucciones para generar una experiencia estética.

[6] De hecho el texto escrito por el curador para el folleto va más a la mecánica necesaria para la realización que al concepto.

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