Irrupción sonora en la vida cotidiana | Entrevista a Hekatherina Delgado

Por Laura Sand


Para esta segunda entrevista/conversación estuvimos con Hekatherina Delgado creadora de La caída de las Campanas, hablando sobre la violencia, la democracia, el arte y otros devenires.

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¿Cómo empezaste como artista, tuvo que ver con alguna necesidad en particular?

La Caída de las campanas no fue mi primer pieza. En el 2011 egresé del taller del Teatro Circular de Montevideo, ya tenía un par de obras de teatro escritas y había dirigido a dos compañeras en una performance-instalación en el hall de la Facultad de Ciencias Sociales. En 2013 publiqué el libro “Susana y la distancia” en Buenos Aires. Siempre escribí, empecé a estudiar filosofía a los 14 años para discutir con el profesor de filosofía del colegio que era católico. Vengo de una familia pobre, mi familia es cristiana. Tuve unos 17 años de educación cristiana.

¿Cómo surge La caída de las campanas?

La caída de las campanas surgió de una manera muy auténtica. Para crear algo más cercano a la argumentación necesito mi espacio y la soledad. Para algo crear algo poético puedo escribir en cualquier lado. Por ejemplo, parte de la investigación del libro (Susana y la distancia) fue una investigación sobre el acto de escribir en movimiento. Y La caída de las campanas fue una idea concebida con mi cuerpo en movimiento, caminando.

Empezó como algo sonoro…

Claro, yo no pienso a La Caída de las campanas como una intervención urbana, ese el lugar donde la puede poner el campo artístico.

12801353_1725966334292162_2135256828785612394_nVos lo pensás como una acción política más que como una intervención…

Yo lo pienso como una pieza sonora… la ideé como una pieza sonora, yo quería crear arte sonoro en el espacio público en diálogo con la urbanidad y con instrumentos que no fueran convencionales.

Lo que me parecía interesante era crear una intervención sonora desde mi cuerpo, con mi subjetividad en duelo y resignificando algunos símbolos que me generan un profundo dolor.

Sobre todo por el cansancio de pensar: ¿hasta cuándo me va a importar que el campo artístico diga que no puedo hacer arte sonoro porque no estudié música? ¿hasta cuándo voy a legitimar lo que el campo artístico diga qué es performance, que es intervención urbana, documental, etc.? Entonces pensé en una pieza en la que pueda venir mañana otra persona cualquiera, de cualquier clase social, de cualquier edad y pueda entender que las campanas suenan porque hay mujeres que no pudieron hacer con la potencia de sus cuerpos, que no pudieron respetarse, cortar y ponerle límites a la violencia de un otro y que es necesario cambiar esa forma de existir.

“hay mujeres que no pudieron hacer con la potencia de sus cuerpos, que no pudieron respetarse, cortar y ponerle límites a la violencia de un otro y que es necesario cambiar esa forma de existir.”

 

El límite es la muerte…

El límite no es la muerte, eso es justamente romper los límites. La caída de las campanas es como una forma pública de decir: yo puedo tirarme al suelo y levantarme cuantas veces quiera y con eso tengo que generar un sonido interesante, que interpele. Tuve ganas de resignificar ese instrumento que usa su cuerpo para sonar y hacerlo sonar con el mio: las campanas. Es un instrumento que ha sido utilizado por todas las religiones y es necesario resignificarlo.

Vos lo ves como un espacio donde resignificar simbólicamente varias cosas…

Son símbolos que sostienen la cultura judeo-cristiana de callarse, de decir “me banco que me pegues”, “yo aguanto”. El cristianismo es eso, el catolicismo es eso: aguantar el dolor y no dudar. Es el sacrificio, la ceguera, la fe, la magia.

Si… y sentir la culpa.

Sentir culpa y tener miedo de la mirada del otro.

Es casi imposible la emancipación de la mirada…

En parte si. También quería investigar una escucha más auténtica de mi cuerpo, lo que realmente puedo hacer para escucharme y deconstruir la inscripción de esa violencias en mi propio cuerpo a partir del sonido y lo público.

El compromiso con las muertes por violencia de género motivan una nueva intervención o es arbitrario…

Yo viví todo tipo de violencia, tanto por hombres como por mujeres. Hacer pública una acción contra eso en el espacio urbano es también poder decir: yo puedo desplegar las posibilidades plásticas de mi cuerpo frente a lo rígida me ha vuelto la violencia que he aguantado por vivir en esta sociedad que no elijo.

Que también fue simbólica…

Total y profundamente. Si bien viví violencias físicas, las simbólicas son las más pesadas, las más jodidas y dolorosas.

Es que son las que quedan más impregnadas…

Todas quedan inscriptas en el cuerpo, todas hicieron piel. ¿Qué hacés con lo que se impregna inconscientemente y vas encontrando que algunas marcas siguen ahí? Crear es intentar una respuesta, volver a preguntarse: ¿yo tengo que naturalizar ver esto en la TV todo el tiempo?

El color blanco era un color que era necesario ensuciar, era necesario que la pieza tuviera el desgaste que muestra algo que empieza a impregnarse, el desgaste que tiene un cuerpo que hace, que activa, que roza.

Foto: La caída de las campanas - Lucía Cóppola
Foto: La caída de las campanas – Lucía Cóppola

No concebís que haya obras artísticas que estén disociadas de un concepto o asociadas a una idea… Vos tenés ese compromiso.

El compromiso es conmigo misma. La investigación está en la forma, mi búsqueda estética es frente a la existencia desde un lugar en el que la forma me permita habitar una fisura en ese momento, al menos.

En general dirigí la obra desde ese lugar de escucha de mi misma para luego poder escuchar a otras compañeras que se fueron sumando. Hice mi práctica artística y devino obra de arte. Nunca hay pensamiento sin praxis. Mi praxis artística expone algo de los problemas filosóficos que me interesan, que ocupan mi pensamiento. También hay obras circulan en el mercado como mercancías. De todas formas, hay una condena que impone el capitalismo sobre las y los artistas: harás arte hasta que se conciba como una mercancía, te autoexplotarás.

Más allá de que sea autogestionada, tiene la cuestión política impregnada, ¿cómo objeto estético no puede disociarse de eso?

No. Creo que hay prácticas artísticas ocupadas en la investigación, que estéticamente tienen problemas políticos atrás, que cuestionan la realidad. La caída de las campanas es bastante concreta y expone un problema. Es una obra que se puede analizar a partir del desmontaje de las imágenes. En los encuentros de creación yo no trabajo en términos de ensayo, eso es un ritual. La Caída es investigación que deviene obra, arrancó siendo de 10 minutos y ahora es más de 35 minutos, es un documental, tiene distintas modulaciones y, a nivel sonoro, es una cosa totalmente distinta siempre: es acontecimental.

“harás arte hasta que se conciba como una mercancía, te autoexplotarás.”

Es paradójico que la vida de la obra esté condicionada por la muerte de una persona

Más que paradójico, es triste. También tiene que ver con preguntarse desde dónde tenemos que crear arte hoy, este es un problema de nuestra realidad.

Ahí también está lo judeo-cristiano…

Totalmente, la sociedad les dice a los hombres que tienen que aguantar y ser sacrificados como Cristo, por eso se enloquecen y se suicidan. Las mujeres tienen que ser como María, sumisas y buenas madres y, si son solteras y no quieren engendrar, se joden porque serán catalogada putas, como María Magdalena. La moralidad hipócrita de este país es muy grande y eso se ve en los múltiples casos de abusos sexuales, en las tasas de suicidios, en las situaciones de cárceles y en la “salud mental”, por llamarle como le gusta al poder psiquiátrico. Los dispositivos de dolor son torturas y tenemos que decir basta frente a la medicalización de la vida cotidiana. La gente se endeuda y toma pastillas o alcohol para evadir, lo sabemos pero nos callamos: un asco. La educación sexista y racista es el fiel reflejo de una sociedad esclavizante que opta por olvidar, mira para el costado y deja que la mayoría de la población siga en la pobreza, en la locura y termine en la muerte trágica. Los problemas siempre son vinculares pero acá nadie se quiere hacer cargo de nada ni tomar las decisiones políticas necesarias para hacer las transformaciones que el momento histórico reclama.

Foto: La caída de las campanas - Lucía Cóppola
Foto: La caída de las campanas – Lucía Cóppola

La performance es en relación a, y la violencia es en relación a

Si yo tengo que vivir en una sociedad que naturaliza este nivel de violencia, voy a crear con eso. Es por necesidad, una necesidad histórica de decir: basta. No tengo porque bancarme este dolor sentada mirando la tele, estupidizándome. Puedo generar un artículo desde la estética o la filosofía política, pero la praxis pasa también por salir de atrás de la computadora y hacer algo frente a la pregunta sobre cómo soportar ese dolor y no sea tan fuerte, habitarlo y que no me enceguezca ni enloquezca. Es un punto importante a considerar el hecho de que estoy pudiendo hacer un camino con muchísima voluntad para salir de esa ceguera trágica y seguir cortando con el dolor, no es nada fácil. La caída de las campanas es bastante vitalista en ese sentido.

Es una irrupción en la vida cotidiana…

Es una irrupción sonora y de desmontaje de la vida cotidiana…

En la rutina hay un cuadro que no va…

Es que la gente cree que la realidad es “la realidad” y la realidad es una ficción…

Es una naturalización de sucesos contiguos…

La caída de las campanas tiene que ver con habitar espacios y desplegarse en esos espacios, pero no tiene un caminar. Para mí es una instalación en la calle, estamos acostumbradas a legitimar las instalaciones artísticas en un espacio de museo o galería, es decir, el espacio que nos marca el campo del arte. Si yo tengo ganas de instalarme en la calle, me instalo y nadie me va a decir donde empieza o termina mi pieza. Tenés la potencia de instalar artísticamente lo que quieras en la calle, lo que pasa es que no nos apropiamos de lo público, nos da miedo desobedecer. Condenamos las obras a la asfixia de un espacio legitimado por el campo.

Qué opinás de los artistas urbanos que piden permiso y que están legitimados por instituciones que les ceden el espacio…

Yo no pedí permisos a nadie y he tenido que hablar con gente que hubiera deseado no me mirara a la cara. Policía siempre hay en la calle, todo el tiempo. Ahí es donde está el poder, es parte de las implicancias de hacer arte en la calle, no es novedad.

 

No es entretenimiento…

No, el arte no es entretenimiento en absoluto, pero si tensión. A mí me interesa incomodar el sentido del oído. Que la escucha no sea armoniosa, que salga ese grito de basta que no se quiere escuchar.

“Si yo tengo que vivir en una sociedad que naturaliza este nivel de violencia, voy a crear con eso. Es por necesidad, una necesidad histórica de decir: basta.”

Vos decís que el sonido es inevitable

No le podés poner párpados al oído, podés decidir no ver pero, a no ser que lleves auriculares, vas a escuchar lo que esté sonando en la ciudad.

Es involuntario el escuchar…

En parte si y en parte no. Vos podés elegir qué escuchar también. Si escuchás la alarma es porque le estás dando ese significado a un sonido, con las campanas sucede lo mismo, se trata de resignificar su sonido para que suenen a duelo y no sólo simbolicen el paso del tiempo, la misa, el culto, la navidad, etc.

Hay un tema de inmanencia cuando se va a verbalizar, no se sabría qué decir, es muy grande e inabarcable el problema

En el devenir de la pieza me di cuenta de que lo que estaba discutiendo era la democracia. La pieza tuvo ese “circuito democracia” donde se instalaba frente a las instituciones. Interpelaba al Estado que es quien regula la democracia y si no cambiamos ese monstruo no vamos a mover nada.

Foto: La caída de las campanas - Lucía Cóppola
Foto: La caída de las campanas – Lucía Cóppola

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En ese sentido es una acción política…

Sí, también. Rajmáninov no vino a decir “me encanta el campo de la música académica”, vino a romper, a discutir, y lo mismo pasa con la performance. A mi me gusta esa música, la que no se queda quieta. Históricamente la performance latinoamericana ha sido una forma de discutir con el Estado, de increpar a la Iglesia, de denunciar la violencia, no es novedad mi obra. Vivo en una sociedad donde puedo asistir a una performance todos los veranos como las Llamadas, ahí las personas afro ponen a jugar la potencia de sus cuerpos bien fuerte, esa es una performance interesante de habitar para mi.

No crees que se volvió espectáculo…

Más bien hay algo de colocarlas en el lugar simbólico del folclore porque a la sociedad le queda muy cómodo para luego decir: “esto es de los afro, esto es folclórico, este es ‘su’ espacio” y nada más, es más fácil si es “popular”. Y seguimos sin problematizar el racismo y simbólico-político en el carnaval.

Me propuse pensar en la mirada de la señora que pasa por la calle y dije: voy a indagar en una forma donde yo pueda encontrar algún tipo de fisura para moverme distinto. Para caminar distinto, para que mi cuerpo no me duela tanto. La sociedad ha perdido el interés en el debate por las cuestiones éticas, ya nadie se pregunta dónde está el bien y el mal, eso se expone de forma muy obscena en cómo estamos.

Crees que esa apariencia liberal lleva a no poder tomar una postura ética…

Si, las personas que están en situación de vulneración tienen una postura de no tener voluntad, menos aún de pensarse. Bancamos un sistema neoliberal que nos hace mierda como sociedad, naturalizamos niveles altísimos de violencia y precariedad cotidiana. Salimos de la dictadura con una democracia que está fallada, enferma, una constitución y miles de leyes que hay que cambiar, todavía no se discute porque opta por el olvido. Latinoamérica tiene una pulsión hacia el olvido de su propia historia que es muy jodida políticamente. De olvidar, callar y tener miedo. Aguantar y aguantar. Tenemos mujeres que aguantan el dolor en vínculos jodidos hasta que se exponen a que las maten porque, básicamente, no pueden otra cosa. Porque nuestra sociedad y nuestra democracia no les ha dado ninguna condición de posibilidad para salir de eso, para crear otra existencia.

¿Si yo puedo puedo ir a bailar a Tinelli y soy parte de la democracia porque voy a dejar de escuchar a Rombai? Nadie puede decir que si, pobres quienes vayan al programa de Tinelli porque es obvio que no es democrático y ni Rombai es música, sin embargo, es son sinónimo del éxito en el río de la plata. Estamos muy mal.

 “Me propuse pensar en la mirada de la señora que pasa por la calle y dije: voy a indagar en una forma donde yo pueda encontrar algún tipo de fisura para moverme distinto.”

Qué pensás del rol del arte hoy o qué pasa con el arte en general…

Creo que hay mucho miedo en el arte y hay mucha desidia en la sociedad en general. Hay mucho olvido, problemas para correrse del egoísmo. No creo necesario que haya que tener una educación académica en torno al arte para hacer arte. Creo que las artes en general vienen a poner a jugar singularidades sensibles en el espacio de lo público, mi búsqueda artística tiene que ver más con una búsqueda filosófica respecto de las formas. Lo que puedo hacer artísticamente siempre está atado a un problema filosófico al que me enfrento y que tiene que ver con pensar las artes no como objeto de estudio, sino como prácticas que devienen obras y una no las tiene que estudiar como objetos en una sociedad de control, las tiene que habitar porque es necesario cambiar las prácticas que luego se cristalizan en lenguaje si nos interesa la política y la cultura.

Qué opinás en el caso de Uruguay dónde el arte está muy asociado al Estado por temas de espacios, financiación y legitimación…

Estos últimos gobiernos han generado cosas buenas y malas. Buenas en el sentido de que le han dado fondos a la cultura, pero sigue sin ser accesible para la mayor parte de la ciudadanía. Es un problema que está en cómo se construyen las políticas culturales en la precaria democracia que tenemos. Creo que hay artistas muy interesantes y que, lamentablemente, terminan dándose cuenta de que “el arte” aún se sostiene en la “alta cultura” y la “cultura popular”. Ese es el quiebre y es lamentable. Lo “popular” es una noción construida por la academia estadounidense que viene a hablar de las prácticas escénicas que sucedieron en América Latina. Se naturalizan esos discursos extranjeros porque al campo le quedan cómodos, pero es bastante complicado no habitar -incluso en ese lugar de “alta cultura” y privilegio- la precariedad. Si vos subsumís tu creación artística a la obtención de determinados fondos realmente corrés serios riesgos de que la voluntad de crear y descubrir otras formas ya está con una tranca: la mediación económica. A mí no me interesa agradarle al Estado con mi obra. Tampoco soy idiota, los Estados tienen cierta “autonomía relativa” de la clase dominante y la democracia es un ejercicio de participación, de disputa de voz pública.

En general el arte que llega a la gente que accede, es el arte que está en los museos estatales. ¿Crees que eso condiciona la producción artística?

Sí. Uruguay funciona como una isla en la región, un tapón, una nación inventada construida alrededor del Estado. Por tanto, todo se define desde el Estado y después se despliega en la sociedad. Eso es muy distinto a lo que pasa en otros países de la región.

De hecho hay obras que son financiadas por el Estado que critican al Estado o el rol del arte en el Estado

Esa paradoja y esa tensión va a estar siempre y me parece que sería interesante que cada vez más se empiece a cuestionar el rol del Estado en la sociedad, las leyes, los códigos, todas las políticas públicas. No hay que por qué callar lo que no se quiere legitimar.

¿Hasta cuándo continúa Las caída de las campanas?

Cuando las performers así lo decidan. Lamentablemente, es una pieza que va a dejar de tener sentido cuando las personas que nos autoidentificamos como mujeres tengamos las condiciones de posibilidad para alejarnos de la violencia y la locura.

Más info sobre La caída de las campanas: https://www.facebook.com/La-ca%C3%ADda-de-las-campanas-1638880703000726/


 

 

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